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Domingo 13 de Noviembre de 2005

Caminábamos cuesta arriba hacia San Javier por las vías del funicular nunca terminado de construir. Había que andar por encima de unos puentes abandonados cuidando cada paso para no errar los durmientes, de manera que, a pesar del esfuerzo en mirar hacia adelante, era inevitable sentirse absorbido por el vacío que asomaba entre los hierros y los maderos ennegrecidos.
El lugar desde donde descenderíamos “haciendo rappel” quedaba en la exacta mitad de uno de los puentes, arriba de una gruesa columna de cemento de unos quince metros de alto. Abajo, una senda angosta viboreada entre las piedras grises y el yuyo ralo del invierno. El corazón se desbocaba ante la certeza de que ya no había escapatoria. ¿Habrá sentido miedo Sócrates instantes antes de beber la cicuta?
Escuché la palabra rappel por primera vez en aquel recreo del primer día de clases. La excursión a la montaña era el único tema de conversación en el grupo de chicos que había corrido a rodear a un hombre delgado, de contextura menuda y bien plantado, rostro anguloso curtido por el sol, mirada profunda y limpia, y voz tranquila. Supe al instante que era el profesor Grau (1), el maestro del que todos hablaban. Corría el año 1958. Una sola vez leí entera “La apología de Sócrates” y recuerdo el texto como si hubiera sido ayer. Tenía entonces doce años y el profesor Grau nos iniciaba en la filosofía. Tiempo después pensé que esa lección había tenido su clase práctica en aquel puente del funicular abandonado: era probable que Sócrates hubiera hecho de tripas corazón porque no tenía opción alguna, no se la tiene cuando la convicción no es del otro sino propia.
El maestro extrajo de su vieja mochila cherpa dos largas y fuertes cuerdas de cáñamo. Tomó una de ellas y, poniéndola doble, anudó uno de sus extremos al puente dejando caer el resto, vertical, por el costado de la columna. Imperturbable, se dedicó entonces a indicarnos cómo colocárnosla: debía pasar entre las piernas y, siendo diestro, había que hacerla volver hacia adelante por la derecha por cruzar el pecho en bandolera y pasar nuevamente hacia atrás por encima del hombro izquierdo, cerca del cuello. El cáñamo era fuerte y también áspero, la camisa y la campera debían estar bien acomodadas para rasparse lo menos posible.
¿Temblaría Sócrates con la copa en la mano? Por mi parte, sabía que esa noche dormiría en la seguridad de mi hogar, pero no era ese el pensamiento que venía a mi mente. No descender hubiera sido ceder ante Anito, Melito y Licón, los acusadores del filósofo. En efecto: no había opción.
Una vez colocada la cuerda, y sosteniéndola firme con la mano derecha, venía el trago más difícil: dominar el pánico para pararse en el borde de la cornisa, de espaldas al vacío, y recostarse hacia atrás hasta quedar con el cuerpo en un ángulo lo más perpendicular posible al muro vertical. Entonces empezaba el descenso: los pies buscando no resbalar al pasar el borde de la cornisa, el espacio abriéndose a la vuelta por todas partes y las manos del profesor Grau en la cuerda de seguridad que rodeaba su cuerpo, de manera que fuera imposible que se escapara. Tras un instante de detención para comprobar que era posible no precipitarse al abismo sin remedio, se dejaba que la cuerda aprisionada en la mano derecha se deslizara suavemente hasta que los pies se posaran en el suelo al final del trayecto. La filosofía no era sólo para estudiar, estaba en la vida de los hombres y había que descubrirla.
Poco antes había escrito una breve crónica sobre una de aquellas excursiones. Conservo la imagen del maestro acercándose para decirme que la había leído y que le había parecido muy buena. Como resultado de ese comentario, apareció en El Chasqui, el boletín que editábamos los alumnos, pero el efecto que sus palabras tuvieron en mí concernía al particular momento por el que atravesaba. No era sólo la satisfacción de recibir un elogio, él quería que yo sintiera cabalmente que era capaz de escribir algo bueno, y eso sucedía en circunstancias de mi incipiente adolescencia en la que nada podía serme más benéfico. Su comentario estaba dirigido a mí mismo, no al alumno que había escrito una crónica pasable de una excursión estudiantil entre tantas.
Una lección, finalmente, es la que cada uno se lleva. Manuel relata una experiencia que enseña similar grado de atención a lo que sucedía con cada cual. Había él quedado sin papel a desempeñar en la puesta en escena de una obra de teatro y el profesor Grau, reconociendo su desazón, le encargó que consiguiera una capa negra, un sombrero y un portafolios para desempeñar un rol indispensable. Así fue que al final de cada acto un nuevo personaje, embozado en un enigmático atuendo estilo Aristide Bruant, entraba por un extremo del escenario con aire de misterio para desaparecer rápidamente por el otro. Al terminar el último acto, el recién estrenado actor ocupaba el centro de la escena, ponía en el suelo el portafolios y, no sin ceremonia, extraía de él un papel que mostraba al público y que decía “Fin”. Para estas cosas hace falta el maestro, tanto como en lo que sigue.
La anécdota proviene del mismo Manuel. En cierta ocasión el profesor Grau reflexionaba con el padre de un alumno acerca de qué significa gobernar. Para que haya gobierno, había dicho el hombre, debían combinarse la amistad y la economía. El maestro, tras permanecer pensativo unos instantes, le había respondido que eso no le parecía posible puesto que el gobernante, en última instancia, sólo puede ser uno, de modo que, “o gobierna la amistad o gobierna la economía”.
Ese hombre, que recordamos reconociéndole una sabiduría que solemos atribuir sólo a algunos ancianos, tenía entonces treinta años. No es seguro que hayamos engrandecido esos recuerdos con el tiempo; me inclino a creer que vamos recortándolos de la maraña de la memoria y dándoles el valor que tuvieron para nosotros cuando hacíamos los primeros ensayos de volar. (c) LA GACETA

1) Néstor Alejo Grau, profesor en esos años del Gymnasium, colegio secundario de la Universidad Nacional de Tucumán, del que fue alumno el autor de esta nota. Falleció el 23 de julio de 1973.