Fiestas privadas, fiestas públicas

Por Raúl Courel
Para LA NACION

Miércoles 17 de diciembre de 2003 | Publicado en edición impresa 

Hay fiestas de todo tipo, laya y propósito. Están las de aniversario, que son siempre motivo de alegrías, distintas de las fiestas de precepto y de las de guardar, más solemnes y habitualmente acompañadas por ritos que se deben cumplir, como el de oír misa.

En los asuntos del amor, se llama festejo al galanteo destinado a alguna muchacha, y hay fiestas para los sentidos, como lo es, para el de la vista, contemplar la belleza de una mujer o, para el del gusto, paladear los manjares de un banquete, por eso llamado festín.

Hay fiestas de mucho jolgorio y alboroto, como las de carnaval, mientras que otras se reducen a dejar de trabajar, como las decaídas fiestas patrias.

En otras épocas estaban las "fiestas de armas", combates de unos caballeros contra otros. En ellas se mostraban la valentía y la destreza, pero el rey Juan II las suspendió, porque con tanta diversión morían demasiados.

Fiestas como la de los toros ilustran, entre otras cosas, sobre el antiquísimo empeño de los gobernantes en divertir a la multitud. Las fiestas de este tipo son, generalmente, públicas y requieren la venia del mandamás, sin la cual no podrían realizarse, por ser fuentes eventuales de desorden. La fiesta privada abarca deleites que van desde los que no salen de la intimidad hasta otros que abundan, según dicen algunos, en las fiestas de la farándula, pero que no escapan a la mirada pública. Muchos piensan que en estas últimas pulula gente de hábitos livianos, predispuesta a infinidad de placeres y licencias. ¡Gracias a que la farándula hace fiestas es posible creer que siempre hay más excesos en la casa ajena que en la propia!

El término farándula viene del alemán "fahrender", que quiere decir "errante" y que en otros tiempos designaba a un grupo de cómicos que llevaba de un lugar a otro su oficio de entretener. Como tenían que vivir del arte de representar, debían ser hábiles para llamar la atención, de allí que Cervantes expresara: "Desde muchacho fui aficionado ˆ la carátula, y en mi mocedad se me iban los ojos tras la farándula". No es de extrañar, por otra parte, que en lo farandulero no falte el artificio capaz de engañar, razón por la cual Ricardo de la Vega reclamaba: "Vas a decirme la verdad sin filfas. Ni embustes, ni camelos, ni farándulas". Es que la expectativa de veracidad, difícil de satisfacer plenamente, suele compaginarse mal, o poco, con lo teatral y simulado.

Como se advierte, el abanico de lo festivo puede ir del frenesí colectivo al agasajo calmo, de lo insolente a lo que enaltece y de lo presumido a lo franco. Finalmente, cualquiera que sea su pelo, una fiesta sitúa la ocasión de tiempo y lugar en que la diversión, el gozo o la celebración se justifican de manera inobjetable. Ya sea por tradición, acuerdo social u obligación sacramental, desenfado repartido o legitimidad concedida por el Gobierno, una fiesta convierte conductas que fuera de ella serían consideradas excesos en actos placenteros que compartimos con nuestros semejantes. La fiesta, en fin, puede hacer del pecado virtud.

El autor es psicoanalista y fue decano de la Facultad de Psicología de la UBA.