Con la lógica del trabajo

Por Raúl Courel
Para LA NACION

Viernes 10 de enero de 2003 | Publicado en edición impresa 

NUESTRA civilización no sólo ajusta su marcha al son de la economía sino que, progresivamente, viene restando importancia a cualquier otra cosa. La expresión "es la economía, estúpido" muestra, con el improperio que contiene, qué cerca se está de la intolerancia. En los últimos tiempos, no obstante, nuestra ciudadanía ha venido ensanchando su horizonte, seguramente como consecuencia del descalabro que vivimos. En este marco, la Universidad de Buenos Aires desarrolla el proyecto estratégico de investigación llamado Plan Fénix. En la presentación del último informe, se resumía así la perspectiva: "La crisis que sufre nuestro país también es económica". La palabra "también" situaba la economía sólo como una de las varias dimensiones por tener en cuenta para entender la vasta y compleja realidad que hoy es nuestro planeta.

El Plan Fénix

Pero la intelligentzia de la UBA no sólo sujeta la economía a una perspectiva más amplia: lo hace con propuestas neokeynesianas que suponen un fuerte aumento de la producción. No son, sin embargo, originalidades del mundo académico local: entre las tantas voces que últimamente se elevan en una dirección similar están las de Joseph Stiglitz y Amartya Sen, ambos distinguidos con el Premio Nobel de Economía. El primero, por ejemplo, en su pasaje por la Argentina, puso énfasis en los problemas que provienen de confundir la lógica de los bancos con las del trabajo y la industria, señalando la conveniencia de evitar que en países como el nuestro los intereses del mundo financiero ahoguen al mundo de la producción. Quizás haya ablandado las durezas de algunos oídos.

El Plan Fénix no fue hecho para juntar votos: nació al solo amparo de la vocación, intelectual y de servicio, de un grupo de economistas universitarios que hace este trabajo ad honórem. En verdad, el plan germinó rodeado del escepticismo o la apatía de la mayor parte de la dirigencia política y de las entidades que proveen las ideas económicas que nuestros gobiernos implementan corrientemente. "No hay cosa peor asistida que la oreja del príncipe", escribía Quevedo hace cuatro siglos y, aunque habría que ver si esto realmente ha dejado de ser así en algún lugar del planeta, los dirigentes siempre se esfuerzan por demostrarlo.

Ahora son varios los precandidatos a la presidencia que para apoyar sus propuestas se refieren al Plan Fénix. Uno que otro lo ha hecho reconociendo no haberlo leído. Le bastaba advertir, con la rapidez que a ninguno le falta, que el estudio reúne condiciones atractivas para los futuros votantes: la primera de todas es que el valor de los hombres y la atención que merecen ya no pueden supeditarse a los parámetros económicos seguidos por nuestro país por lo menos en el último cuarto de siglo.

Cambiar el rumbo

Cuando es obligado admitir que no arribamos a buen puerto, pierden sentido las razones por las cuales se eligió el rumbo, y se abre la posibilidad de pensares distintos. Tanto es así que la protesta contra el Fondo Monetario Internacional, que hasta hace muy poco parecía un lujo sólo para izquierdistas sin posibilidades de gobernar, ahora está en la boca de medio mundo. Pero la sociedad, consciente de que fue conducida a la ruina con bastante facilidad, parece precavida de los pensamientos complacientes y acomodaticios tan comunes en los dirigentes, que ahora prometen hacer cosas distintas. Para cumplir, debido a que la sapiencia necesaria no brota de sus cerebros como agua de manantial, deberán buscarla donde ella está.

¿Será posible que los gobernantes perciban de verdad que las herramientas para construir el país son sus escuelas y universidades, y que, por lo tanto, es prioritario invertir en ellas? La claridad de pensamiento suele ser inconstante; por eso Feliciano de Silva, un autor español del siglo XVI, escribía: "Dicen los sabios que más vale saber que haber, y virtud que riqueza. Eso, hija, sería en otro tiempo, mas no en éste: que ya sabes que dice el proverbio: que cada cosa en su tiempo". Ojalá esté llegando una época en la cual, además de buenas intenciones, haya luces, y que no las apaguen los temperamentos volubles.

El autor es psicoanalista. Fue decano de la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires.